Siempre es bueno conocer lo que nuestros escritores buscan muestran del país, y cómo es representado en la lírica nuestra imagen. Por ello comparto un fragmento de el libro "Diez iluminaciones", del Escritor Juan Gabriel Vásquez, un deleite en la lectura.
"Colombia es un país de poetas que, por algún capricho de los dioses de la literatura, se volvió tierra de novelistas. La fecha de la metamorfosis es muy precisa: la aparición, en 1955, de una novelita tan corta como ambiciosa, escrita fuera de los centros del poder literario (en la costa caribe) y deudora (gran sacrilegio) de una tradición que no es la colombiana. Su autor era un joven de provincias que había leído con devoción a Faulkner y a Virginia Woolf, y que no podía saber que con esa novela, La hojarasca, rompía en dos la literatura colombiana, quizás no por lo que la novela presentaba en sí misma, sino porque con ella abría el camino que llevaría después a Cien años de soledad.
Así que el panorama del siglo XX colombiano, mirado desde nuestro privilegiado siglo XXI, es éste: después de los versos de José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob, después del oasis de ese exotismo narrativo que es La vorágine, la literatura colombiana tiene que esperar medio siglo para producir de nuevo una obra de verdadero alcance universal; y, sin perjuicio de Los funerales de la Mamá Grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, esa obra es novelística. Todo lo cual no tendría nada de particular, ni merecería tantas líneas, si ese medio siglo de aridez no fuera, precisamente, el medio siglo en que murió Horacio Quiroga, en que escribieron Borges y Onetti, en que maduraron Cortázar y Rulfo y Julio Ramón Ribeyro.
No: en Colombia no hay un autor que, como en el caso de los mencionados, deba su reputación a este género mal comprendido que es el cuento. Aceptemos que el cuento moderno nace con esa curiosa pareja formada por Chéjov y Kafka. Pues bien, esa doble tradición, que en la primera mitad del siglo dejó hijos bastardos por toda Latinoamérica, en Colombia no se detuvo ni a tomar café: las ficciones breves que se escriben hasta 1950 pertenecen más a las formas antiguas del cuento: la tradición oral, el folclor medianamente estilizado, el (horroroso) cuadro de costumbres.
Entonces, un periodista y crítico llamado Hernando Téllez se atreve a publicar una colección de cuentos que bebe de la literatura norteamericana; la colección incluye un cuento de muy pocas páginas –al que volveré a referirme más abajo– en el cual Téllez demuestra a los lectores que hay vida en otra parte, fuera de la retórica engolada y francófila que tanto apreciaba el establishment. A partir de allí, en cuestión de una generación, esta forma esencialmente moderna, más emparentada con la precisión de la lírica que con los desórdenes de la novela, llega a su madurez. En 1954, Álvaro Cepeda Samudio publica una colección (Todos estábamos a la espera) donde la figura de William Saroyan ha dejado su huella en cada página, e incluso en el título de un cuento; un tal García Márquez, amigo de Cepeda, dice que no sabe si es el mejor libro de cuentos que se ha publicado en Colombia, pero que sin duda es el más interesante. José Félix Fuenmayor, otro hombre relacionado con el Grupo de Barranquilla donde Cepeda y García Márquez se inventaron como escritores, publica La muerte en la calle, que reúne tardíamente cuentos escritos varios años atrás que ya eran famosos entre los lectores. Y en las dos décadas siguientes el cuento colombiano pasa de las fantasías intelectuales de Pedro Gómez Valderrama a los juegos intertextuales y/o metaliterarios de R.H. Moreno-Durán.
“El cuento hay que vivirlo”, dijo Gómez Valderrama. “La novela, pulirla”. Quería mostrar su preferencia por el género breve, y el hecho simple de que se haya animado a hacerlo es síntoma de un cambio de actitud de la literatura colombiana. El camino del cuento ya no es, para esta época, una trocha incómoda que sólo recorren los aventureros más atrevidos: se ha convertido en un camino, y ese camino está pavimentado, señalizado y lleno de hoteles. En otras palabras: está listo para ser transitado por los que vengan.
Entre los que vienen está, por ejemplo, Andrés Hoyos, autor de Los viudos, uno de los mejores libros de cuentos de su generación; entre los que vienen está Roberto Rubiano, que en Necesitaba una historia de amor ha tomado en préstamo el modelo de los bocetos de Hemingway y lo ha metido, con resultados fascinantes, en una Bogotá de novela negra; entre los que vienen está Enrique Serrano, que con dos libros, La marca de España y De parte de Dios, recuperó para sus contemporáneos la desfachatez borgeana de convertir la historia universal en literatura. Entre los que vienen están, finalmente, los diez autores de esta antología."
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