sábado, 16 de octubre de 2010

Sensacionalismo de realidad

Dentro de las actitudes diarias encontramos los comportamientos de las personas del común, basadas en lo que ven en los medios usuales de “comunicación”.

Es así como sorprendentemente los prejuicios ante personas que seguramente hicieron mucho daño a la sociedad son juzgados sin tener bases sólidas de justificación.

¿Hasta dónde llegamos a alegrarnos por la muerte de una persona? ¿o hasta dónde, el hecho de que alguien pierda la vida hace que nuestra felicidad se incremente?
Es el caso reciente de la muerte del Mono Jojoy, donde el pueblo celebró el asesinato de una persona, que independientemente de lo bueno o malo que haya sido, sigue siendo una persona, que merece respeto y un trato digno.

Pero ¿cómo pedir un trato medianamente digno al pueblo?, si desde los medios de “comunicación” lo muestran como un hecho de ESPECTÁCULOS, como si fuese una exhibición, como si la familia del asesinado no mereciera respeto alguno a su dolor; no es aceptable el sensacionalismo que se le da a este tipo de noticias, dónde mostrar el rostro de la víctima hinchada y de color morado en el piso, muestra el poco sentido común que se tiene para manejar estos eventos, como si mostrar este tipo de imágenes en la portada del periódico más importante del país hiciera que la información fuera mejor.

Y no se sabe qué puede llegar a ser peor, si la portada de el periódico número uno en Colombia, o el campo otorgado en los noticieros de televisión de las grandes cadenas, para mostrar las imágenes de esta “exitosa operación”, sí, “Sodoma” el nombre de la operación que dio de baja a la cabeza a cargo de las FARC.

Y ¿Qué es “Sodoma” si no una demostración de ataque por la espalda, un ataque a mansalva? Una representación del ataque sorpresa que nuestras Fuerzas Militares han profesionalizado, y en donde hasta el momento no se ha hablado de las victimas adicionales a la muerte del Jefe Guerrillero, esas personas civiles que pudieron haberse visto afectadas por el ataque militar y que seguramente murieron en medio de alguna de las bombas lanzadas dentro de la operación.

Nadie piensa en lo que estos hechos afectan a la sociedad, no sólo por la muerte del personaje, sino por el sensacionalismo que se le da, y estamos lejos de poder comprobar una generalidad que corre por la mente de todos, basada en el hecho de que con la muerte de un dirigente, se acaba todo un grupo al margen de la Ley, y de repente todo es paz, esa paz que sólo vive en la imaginación de cada colombiano, porque mientras sigamos pensando que la muerte a todos los que nos han hecho creer como “malos” es la mejor solución para lograrla, no llegaremos a un estado de estabilidad real, mientras no nos quitemos el odio que en cada uno de nuestros corazones vive frente a situaciones que muchas veces desconocemos, no llegaremos a un espacio en el que todos podamos contribuir para bien y no para criticar lo que no podemos arreglar.

La luz del túnel

Una de las mejores columnistas del país es Ángela Becerra, quien hace una imagen del país positivista, y busca siempre mostrar las mejores cosas del mismo.

De allí una muestra de esta escritora obtenida del periódico ADN el pasado 13 de Octubre de 2010, titulado "La luz del túnel":
La luz del túnel

Treinta y tres días horadando la roca sin descanso, dale que te dale a pesar de los inconvenientes y las incertidumbres. Treinta y tres mineros enterrados, confiando, esperando, resistiendo a 700 metros bajo tierra, a pesar de que las primeras noticias decían que no había nada que hacer. Sin embargo, hoy se está produciendo el milagro.

"Estamos bien, estamos bien, estamos bien…" llevan repitiendo estos hombres desde el 5 de agosto, hasta convertir esa frase en su mantra sagrado: su bastión.

En este momento, mientras lees esta columna, seguramente el primer hombre ya habrá vuelto a la luz. ¿Qué hizo que se produjera el gran milagro? Algo esencialmente humano y terrenal: los sentimientos y las actitudes. La fe, la esperanza, la unidad, la tenacidad, la fuerza y, además, un ingrediente vital que todos, si queremos, tenemos: la solidaridad.

Anoche, mientras veía el noticiero hinchado de noticias, la mayoría cansinas por repetitivas -sondeos de liderazgos, hundimientos políticos y etcéteras relamidos-, de repente aparecieron las primeras imágenes de aquellos hombres. Les brillaban los ojos de alegría. Cada uno de ellos manifestaba la ingenua euforia del que cree. Interrogados acerca de quién sería el primero en abandonar el agujero negro, todos, absolutamente todos, miraron a los otros. Todos pidieron ser el último en salir. ¿Por qué? ¿Cómo llamarle a este acto? HUMANIDAD. Ellos han sido el ejemplo: LA LUZ DEL TÚNEL.

"Diez iluminaciones"

Siempre es bueno conocer lo que nuestros escritores buscan muestran del país, y cómo es representado en la lírica nuestra imagen. Por ello comparto un fragmento de el libro "Diez iluminaciones", del Escritor Juan Gabriel Vásquez, un deleite en la lectura.

"Colombia es un país de poetas que, por algún capricho de los dioses de la literatura, se volvió tierra de novelistas. La fecha de la metamorfosis es muy precisa: la aparición, en 1955, de una novelita tan corta como ambiciosa, escrita fuera de los centros del poder literario (en la costa caribe) y deudora (gran sacrilegio) de una tradición que no es la colombiana. Su autor era un joven de provincias que había leído con devoción a Faulkner y a Virginia Woolf, y que no podía saber que con esa novela, La hojarasca, rompía en dos la literatura colombiana, quizás no por lo que la novela presentaba en sí misma, sino porque con ella abría el camino que llevaría después a Cien años de soledad.

Así que el panorama del siglo XX colombiano, mirado desde nuestro privilegiado siglo XXI, es éste: después de los versos de José Asunción Silva y Porfirio Barba Jacob, después del oasis de ese exotismo narrativo que es La vorágine, la literatura colombiana tiene que esperar medio siglo para producir de nuevo una obra de verdadero alcance universal; y, sin perjuicio de Los funerales de la Mamá Grande y La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y su abuela desalmada, esa obra es novelística. Todo lo cual no tendría nada de particular, ni merecería tantas líneas, si ese medio siglo de aridez no fuera, precisamente, el medio siglo en que murió Horacio Quiroga, en que escribieron Borges y Onetti, en que maduraron Cortázar y Rulfo y Julio Ramón Ribeyro.

No: en Colombia no hay un autor que, como en el caso de los mencionados, deba su reputación a este género mal comprendido que es el cuento. Aceptemos que el cuento moderno nace con esa curiosa pareja formada por Chéjov y Kafka. Pues bien, esa doble tradición, que en la primera mitad del siglo dejó hijos bastardos por toda Latinoamérica, en Colombia no se detuvo ni a tomar café: las ficciones breves que se escriben hasta 1950 pertenecen más a las formas antiguas del cuento: la tradición oral, el folclor medianamente estilizado, el (horroroso) cuadro de costumbres.

Entonces, un periodista y crítico llamado Hernando Téllez se atreve a publicar una colección de cuentos que bebe de la literatura norteamericana; la colección incluye un cuento de muy pocas páginas –al que volveré a referirme más abajo– en el cual Téllez demuestra a los lectores que hay vida en otra parte, fuera de la retórica engolada y francófila que tanto apreciaba el establishment. A partir de allí, en cuestión de una generación, esta forma esencialmente moderna, más emparentada con la precisión de la lírica que con los desórdenes de la novela, llega a su madurez. En 1954, Álvaro Cepeda Samudio publica una colección (Todos estábamos a la espera) donde la figura de William Saroyan ha dejado su huella en cada página, e incluso en el título de un cuento; un tal García Márquez, amigo de Cepeda, dice que no sabe si es el mejor libro de cuentos que se ha publicado en Colombia, pero que sin duda es el más interesante. José Félix Fuenmayor, otro hombre relacionado con el Grupo de Barranquilla donde Cepeda y García Márquez se inventaron como escritores, publica La muerte en la calle, que reúne tardíamente cuentos escritos varios años atrás que ya eran famosos entre los lectores. Y en las dos décadas siguientes el cuento colombiano pasa de las fantasías intelectuales de Pedro Gómez Valderrama a los juegos intertextuales y/o metaliterarios de R.H. Moreno-Durán.

“El cuento hay que vivirlo”, dijo Gómez Valderrama. “La novela, pulirla”. Quería mostrar su preferencia por el género breve, y el hecho simple de que se haya animado a hacerlo es síntoma de un cambio de actitud de la literatura colombiana. El camino del cuento ya no es, para esta época, una trocha incómoda que sólo recorren los aventureros más atrevidos: se ha convertido en un camino, y ese camino está pavimentado, señalizado y lleno de hoteles. En otras palabras: está listo para ser transitado por los que vengan.

Entre los que vienen está, por ejemplo, Andrés Hoyos, autor de Los viudos, uno de los mejores libros de cuentos de su generación; entre los que vienen está Roberto Rubiano, que en Necesitaba una historia de amor ha tomado en préstamo el modelo de los bocetos de Hemingway y lo ha metido, con resultados fascinantes, en una Bogotá de novela negra; entre los que vienen está Enrique Serrano, que con dos libros, La marca de España y De parte de Dios, recuperó para sus contemporáneos la desfachatez borgeana de convertir la historia universal en literatura. Entre los que vienen están, finalmente, los diez autores de esta antología."